Eugenia Muchnik
Ph.D. en Economía Universidad de Minnesota, Fundación Chile
Estamos encandilados y encantados con el nuevo boom que parece estar experimentando el sector frutícola, a juzgar por el rápido crecimiento de que habla la prensa y los reportajes acerca de nuevas plantaciones de cerezos y de arándanos, que siguen el paso victorioso de los paltos que decoran desde hace ya algún tiempo los sinuosos faldeos costeros de la zona central.
Por otra parte, funcionarios públicos y dirigentes gremiales hablan, con satisfacción, de sus exitosas negociaciones comerciales que han permitido ir derrumbando las barreras con que se protegen los competidores en el hemisferio norte.
Todo bien, pero ojo, algunos indicadores señalan la conveniencia de evaluar en mayor profundidad, y con cautela, las fortalezas y debilidades del sector y la estrategia y políticas a implementar para mantener con solidez los triunfos alcanzados.
Desde luego, es preocupante el muy bajo incremento que ha experimentado el volumen físico global de fruta exportada en los últimos dos años. Y es que la base de las exportaciones frutícolas no son los paltos ni las cerezas ni los berries. Son la uva, las manzanas, las peras y los carozos, cuyo crecimiento parece estar muy lento.
¿A qué se debe este fenómeno, si en el país las plantaciones de frutales no superan las 300 mil hectáreas?
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