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Industria del salmón en Chile

Enviado por Editor Chile Potencia Alimentaria el 10/04/2008 a las 15:49
César Barros
Presidente SalmonChile A.G.


El sábado recién pasado, y a propósito del artículo de The New York Times (NYT), que, lleno de falsedades e imprecisiones, acusa a la industria chilena del salmón de producir saltándose cualquier estándar civilizado, "El Mercurio" publicó un editorial en que se llama a nuestra industria a mejorar dichos estándares. Agradecemos la defensa de "El Mercurio" en relación con el artículo del NYT, y su preocupación por nuestro futuro. Sí quisiera desvirtuar algunos mitos que -quizás por haber sido demasiado callados en el pasado- se han instalado en ciertos círculos.

En primer lugar, la próxima visita de la FDA no viene gatillada por el artículo del NYT, sino que estaba planificada desde hacía tiempo, y forma parte de los trámites rutinarios de la FDA en el mundo. En segundo lugar, dejar meridianamente claro que la industria no usa hormonas en sus procesos productivos, como habría afirmado un "director de puerto", que finalmente resultó ser "un guardia de contrato temporal del puerto", que incluso afirma no haber sido entrevistado. La industria sólo usa antibióticos si están debidamente autorizados por el SAG, y debe ser supervisada su dosificación y entrega por veterinarios competentes. Para los seres humanos, en cambio, bastan sólo una receta médica y una farmacia cercana.

La industria noruega, si bien ahora utiliza menos antibióticos que su par chilena, no fue siempre así: usaba mucho más, hasta que se descubrió una excelente vacuna contra la furunculosis, su enfermedad estrella. En Chile, sólo ahora último hemos podido desarrollar vacunas contra el SRS, nuestra enfermedad bacteriana, desconocida en Noruega.

En todo caso, quienes ingieren salmón chileno pueden estar seguros de que éstos no tienen trazas de ningún antibiótico debido a los períodos de carencia obligatorios a que son sometidos los peces antes de su faenamiento. Si no fuera así, simplemente no podrían entrar en los EE.UU., Japón o Europa. Esto deja sin base las opiniones de Cabello -citado tantas veces en el artículo de Barrionuevo-, un profesor chileno radicado en los EE.UU., famoso por sus inclinaciones contra la industria y sus actitudes antiempresariales en general.

La industria del salmón en Chile es relativamente nueva en la magnitud que hoy la conocemos. Es más o menos grande y populosa sólo desde hace unos diez años. Y, por lo tanto, difícilmente podría tener la evolución normativa de la noruega o la canadiense, con muchos años más de experiencia. Pero hemos trabajado fuerte por cumplir los estándares internacionales, incluso más allá de los que nos exige la ley, y SalmonChile -como asociación- no protegerá jamás a quien pretenda vulnerar la ley o la reglamentación sanitaria: sea éste su asociado o no.

Son muchas las áreas en las que estamos trabajando, y hace ya tiempo que estamos diciendo que Chile tiene una institucionalidad regulatoria sin los presupuestos adecuados a su tamaño: tal como el SAG tenía hasta hace poco un presupuesto adecuado a una industria agrícola y exportadora de los 80. La salmonicultura sufre del mismo mal. Una industria que bordea los dos mil 300 millones de dólares debiera tener reguladores con tecnología de punta y recursos humanos y físicos de acuerdo con esa realidad.

Y la entrega de concesiones -por poner el énfasis en lo más importante- también recoge una mirada tardía sobre la industria. En primer lugar, una concesión puede tardar hasta cuatro años en ser otorgada, lo cual hace difíciles, cuando no imposibles, los cambios espaciales de las empresas. Su transacción: otra virtud esencial para formar "clusters" de concesiones bajo un control unificado, crucial para el control de plagas, es obtuso y hasta peligroso para sus dueños. Las distancias mínimas autorizadas tampoco corresponden a lo que el control de plagas hoy consideraría adecuado y seguro. La regulación del borde costero -importante normativa para el desarrollo de la industria- se ha tratado con un criterio de manejo de controversias, más que en términos profesionales. Tampoco considera nuevas tecnologías que permiten a la industria alejar sus centros del borde costero y de la vista humana. Y, lo que es peor, estamos regulados simultáneamente por la Marina, Sernapesca, la Subsecretaría de Pesca, el SAG y la Conama. Entidades que cuesta muchísimo poner de acuerdo, incluso en realidades más bien básicas.

En el mes de noviembre del año pasado, luego de largos estudios, la industria en pleno le presentó al ex ministro Ferreiro dos agendas para el sector. La agenda corta, que dedicaba su contenido a la modernización de Sernapesca y a la unificación de los controles del sector bajo una sola mano, y no en cinco como ocurre hasta ahora. También se planteaba en términos urgentes la modificación espacial de las concesiones nuevas y de las antiguas: creando zonas de manejo unificado y alejando los centros de cultivo unos de otros.

La agenda de largo plazo llamaba a encargar un estudio al Banco Mundial, a fin de entregar los parámetros de la industria para las próximas décadas; determinar los recursos a entregarse al sector público, analizar a fondo la institucionalidad que nos rige, y mirar con una perspectiva de largo plazo los desafíos sanitarios y productivos de una industria destacada del proyecto "Chile Potencia Alimentaria".

Éstas son inquietudes nacidas desde la industria y no desde las organizaciones ambientalistas. Están consensuadas con el Gobierno, con nuestras autoridades regionales, pero falta ese impulso vital, que en su carencia ha demorado hasta hoy su puesta en marcha.

Finalmente, invitamos tanto a Barrionuevo como al NYT a visitarnos y así dialogar con los científicos que nos asesoran, recorrer nuestros centros de cultivo, conversar con nuestros reguladores -SAG, Sernapesca, etcétera- y escuchar de nosotros mismos nuestras proposiciones acerca del futuro de la salmonicultura chilena.

Publicado el miércoles 9 de Abril 2008 en el diario El Mercurio
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