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¿Somos arrogantes los economistas?

Enviado por fbalcells el 29/03/2006 a las 13:42

Por: Felipe Morandé- economista y académico de la Universidad de Chile

Si bien la humildad escasea en la profesión, esto no es totalmente infundado, como sostiene Naím. El instrumental económico es poderoso, aunque imperfecto y naturalmente incompleto.
El editor de Foreign Policy, Moisés Naím, publicó una columna en la edición del domingo 19 de marzo de El Mercurio titulada: "¿Por qué los economistas son tan arrogantes?". El título da por sentado que estos profesionales -dentro de los que me incluyo, naturalmente- tienen la marca de la arrogancia, pero al ponerlo entre signos de interrogación, Naím sugiere que, además, tiene la respuesta a tan beligerante pregunta. ¿Y cuál es esa respuesta? En sus palabras, "el complejo de superioridad intelectual de los economistas tiene mucho que ver con sus sofisticadas técnicas estadísticas en las que se basan para analizar fenómenos como la inflación, el desempleo, el comercio", lo que lleva a estos profesionales a menospreciar "cualquier investigación, de otras ciencias sociales, cuyas conclusiones no se basen en el análisis cuantitativo de una masiva cantidad de datos".

La mayor parte de la columna se aboca a argumentar que esa arrogancia no se justifica porque, a juicio de Naím, los economistas no tendríamos respuestas para los temas fundamentales de nuestra ciencia, como por ejemplo, qué determina el crecimiento económico o cuál es el balance más apropiado entre inflación y desempleo. Al final, alaba a unos pocos economistas "más humildes" que están comenzando a alimentar sus análisis con la psicología, la sociología y las ciencias políticas.
Voy a partir reconociendo que la humildad es más bien escasa en tanto virtud de la profesión. En Chile, donde los economistas compartimos carrera en la universidad con los administradores de empresas -ingeniería comercial-, se nos inculca desde bien temprano a sentir cierta superioridad intelectual frente a ellos por el hecho de que la mención economía es más "difícil" que la de administración. Después, ya como profesionales, pronto aprendemos que nuestros colegas administradores de empresas tienen otras habilidades coronadas con un gran éxito financiero que, querámoslo o no, los economistas miramos con cierta envidia.
¿Y cómo competimos con otras ciencias sociales? La teoría económica se basa en la aplicación del método científico, ese que dice que para explicar un fenómeno primero se plantea una hipótesis y luego se verifica con los datos. Esto se hace, por la naturaleza de los fenómenos económicos, de manera imperfecta: a diferencia de las ciencias duras, los economistas no podemos, en la gran mayoría de los casos, experimentar en un laboratorio y tenemos, por tanto, que basarnos en registros estadísticos del pasado, muchos de ellos bastante deficientes. Pero aun así les llevamos una ventaja a otras ciencias sociales.
Cuerpos de ventaja
Primero, porque al modelar el comportamiento económico de los seres humanos -individual y colectivamente- podemos recurrir a un uso intenso de las matemáticas, aunque para ello debamos hacer varios supuestos simplificatorios bastante irreales. El concepto de "utilidad" de los consumidores es un buen ejemplo. El uso de las matemáticas permite una verificación de las hipótesis usando estadísticas que pueden ser bastante más precisas que si no hubiera modelos matemáticos. Y segundo, la recolección de estadísticas sobre aspectos económicos es muy superior y sistemática --y más fácil de llevar a cabo- que aquella de registros útiles a otras ciencias sociales.
La intromisión de los economistas en terrenos como la investigación sobre el crimen, el matrimonio, la democracia y otros temas típicamente sociales revela que el instrumental de la teoría económica es poderoso. De él se pueden derivar interesantes conclusiones útiles para el diseño de políticas públicas, aunque obviamente no se debe pretender que ésta sea la única visión a considerar. Incluso, puede que ni se considere. Por ejemplo, un economista podría concluir que despenalizar el consumo de drogas es una medida eficaz para acabar con el narcotráfico y sus secuelas, pero la aplicación de esta medida se enfrenta a un rechazo ético que predomina.
Los ejemplos que provee Naím para sustentar su idea que los economistas somos arrogantes sin merecerlo son todos muy débiles. Cita a Francois Bourguignon, economista jefe del Banco Mundial, para señalar que los economistas sabemos sólo las condiciones necesarias para que una economía crezca, pero no las condiciones suficientes. ¿Es eso señal de debilidad de la teoría? Un médico puede recomendar un régimen alimentario para una vida sana, pero no puede garantizar a esa persona que no se vaya a enfermar, y nadie llama a la medicina la "ciencia funesta" -dismal science-, como repite una y otra vez Naím respecto de la economía.
"Ciencia funesta"
Lo que sí es claro es que los países que siguen los principios básicos de la receta "sana" que dicta la teoría económica en cuanto a políticas económicas (mercados libres, integración económica al mundo, predominancia del sector privado, manejo prudente de las finanzas públicas) tienen mayor probabilidad de éxito. En tanto los que siguen recetas heterodoxas y populistas suelen ir al fracaso.
Naím también es categórico en tildar de fallas de los economistas su incapacidad de anticipar correctamente los movimientos en las paridades de las monedas más importantes y de las tasas de interés. Se equivoca. El economista serio describe los escenarios que le parecen más probables, sin pretender tener una bola de cristal para anticipar el futuro con total certeza. Lo que sí ocurre es que analistas de mercado más especuladores, de esos que abundan en Wall Steet, pueden jugársela por pronósticos precisos, pero ellos se alejan de la definición de un economista serio.
Donde Naím yerra más profundamente es cuando imputa a los economistas su incapacidad para enfrentar el supuesto dilema entre inflación y desempleo, rémora sesentera nostálgica del viejo keynesianismo. Los bancos centrales más importantes del mundo han demostrado que es posible mantener las economías en situaciones cercanas a una tasa de desempleo "natural" y al mismo tiempo una inflación baja y contenida. Es evidente que, frente a shocks tan abrumadores como la crisis asiática de fines de la década pasada, el desempleo puede elevarse sustantivamente, o si estamos en presencia de una política de gasto fiscal desbocada, la inflación puede dispararse. Pero eso no se puede atribuir a una falla de la ciencia económica, sino mucho más a errores en ámbitos donde otras ciencias sociales meten su cuchara, como la regulación laboral o los vaivenes políticos que inciden en el presupuesto público.
En suma, sí somos un poco arrogantes -en promedio-, pero no es algo absolutamente inmerecido, como sostiene Naím. Tal parece que más que un complejo de superioridad intelectual de los economistas, el mundo sufre de un complejo de inferioridad intelectual de los que desdeñan el análisis económico.
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Felipe Morandé es economista y académico de la Universidad de Chile.



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Enviado por LUIS el 12/04/2006 a las 13:45
LUIS
chevre colega

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