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Debate sobre los economistas y la arrogancia.

Enviado por fbalcells el 29/03/2006 a las 13:49

Moisés Naim editor de la revista Foreign Policy publicó un artículo que trata a los economistas de arrogantes y a la economía, de “ciencia funesta”. Felipe Morandé, renombrado economista del barrio, le responde defendiendo su ciencia y afirmando el derecho de su profesión a la soberbia.

Para el desarrollo alimentario de Chile, el asunto tiene más interés que las simples vanidades profesionales. Si fuera por los economistas chilenos la potencia alimentaria del país permanecería invisible y además inviable.

Según algunos, el caso revela una deficiencia atencional de la profesión. Según otros, una ineptitud estructural de la economía chilena ante lo nuevo. Otros críticos apuntan a una complicidad esencial de la retórica de los economistas –incluidas sus estadísticas y su concepto de ciencia- con las formas más desagradables del autoritarismo.

Habitamos en los confines de la época de la racionalidad instrumental y, sin embargo, la economía sigue siendo la norma, si no de pensamiento, de pertinencia. El asunto, es redimensionar su porte y su lugar entre los saberes y los poderes de nuestra sociedad.

Reproducimos aquí ambos artículos publicados en El Mercurio, por su liviandad introductoria y como una invitación para dar curso al ajuste de los honores y de las cuentas que el país le debe a sus economistas.

¿PORQUÉ LOS ECONOMISTAS SON TAN ARROGANTES?
 Por: Moisés Naim
Editor de Foreign Policy
En 1849, el ensayista escocés Thomas Carlyle llamo a la economía "la ciencia funesta". Dos siglos después, los economistas contemporáneos siguen enfrentados a decisiones funestas: ¿ más inflación o menos empleo? ¿Gastar o ahorrar? También se han puesto muy arrogantes. El complejo de superioridad intelectual de los economistas tiene mucho que ver con su orgullo por las sofisticadas técnicas estadísticas en las que se basan para analizar fenómenos como la inflación, el desempleo, el comercio, e incluso los efectos a largo plazo de los abortos sobre los niveles de criminalidad. Esto con frecuencia los lleva a estar convencidos de que sus métodos son superiores y más rigurosos que los de las otras ciencias sociales. Así, desdeñan cualquier investigación cuyas conclusiones no se basen en el análisis cuantitativo de una masiva cantidad de datos, calificándola como "literatura" o, aún peor, como "periodismo".



Hace poco, la arrogancia de los economistas se vió rigurosamente confirmada por una investigacion cuantitativa. El estudio, publicado por The Journal of Economic Perspectives, revela que el 77 % de los alumnos de doctorado en economía de las más prestigiosas universidades de los Estados Unidos piensa que "la economía es la ciencia social más científica". Sin embargo, resulta que esta certeza no se basa en la alta opinión que tienen de su propia disciplina, sino en lo mucho que desprecian a todas las demás ciencias sociales. A pesar de eso, tan sólo el 9% de los entrevistados opina que hay consenso con respecto a cómo responder preguntas básicas de la ciencia económica.
Y tienen razón. Hoy los economistas no tienen respuestas para los temas fundamentales de su ciencia. Esta ignorancia a menudo tiene graves consecuencias que trascienden las meras controversias académicas. Cuando ellos se equivocan en teoría, la gente sufre en la práctica. El anterior presidente de Brasil Fernando Enrique Cardoso recuerda que en plena crisis financiera lo llamaron varios ganadores del premio Nobel y otras superestrellas del firmamento económico mundial. Cada uno le daba un consejo diferente, y cada uno estaba absolutamente seguro de que su recomendación era la única correcta. Cardoso, un distinguido sociólogo, logró sacar a Brasil de la crisis gracias a su considerable talento y experiencia, atinando a cuáles de los famosos economistas creerle y a cuáles definitivamente ignorar.
"En realidad desconocemos las causas del crecimiento económico", reconoce François Bourguignon, economista jefe del Banco Mundial. "Sí, tenemos una idea bastante clara sobre cuáles son los principales obstáculos y cuáles son las condiciones sin las cuales una economía no puede crecer. Pero estamos mucho menos seguros de lo que se necesita para crecer". Y este desconcierto no sólo se hace evidente con respecto a cómo enfrentar los difíciles problemas de los países pobres. Los economistas también están confundidos por mucho de lo que está sucediendo en los países más desarrollados. Hace poco le pregunté a una influyente economista de Wall Street qué era lo que más le desconcertaba actualmente. "Las tasas de interés", dijo. "Deberían estar más altas". Y efectivamente, la teoría económica predice que deberían ser más altas y con tendencia a seguir subiendo impulsadas por los enormes déficits comerciales y fiscales de la economía estadounidense. Pero no es así: los intereses a largo plazo siguen bajos e incluso están cayendo. Antes de jubilarse en enero, el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, confesó que estas tendencias eran un "cunundrum", una mezla de acertijo y rompecabezas.
Los economistas tampoco tienen una explicación convincente sobre el valor del dólar. Durante más de una década han dicho que estaba muy caro y que su devaluación era inevitable. En efecto, y tal como pronosticaron, el dólar cayó, perdiendo el 39% de su valor entre 2002 y 2004. "Un efecto ineludible del equivalente económico de la ley de la gravedad", explicaban los gurúes económicos con sobrada naturalidad. Pero la coincidencia entre la realidad y los libros de texto duró poco. Tan poco, que los manuales de economía no tuvieron tiempo de registrar el cambio. El dólar se recuperó, y se revalorizó más de un 14% en 2005, a pesar de los déficits, la guerra, el petróleo y todas las otras razones teóricas para que sea más barato de lo que ahora es.
En un estudio sobre los países con mayores posibilidades de alcanzar un alto desempeño económico en los próximos años, el catedrático de Harvard Richard B. Freeman llegó a la conclusión de que, para el éxito de una nación "la suerte parece tan importante como la política económica".
Una ciencia que se debe resignar a usar la suerte como factor fundamental para estimar el porvenir económico de miles de millones de personas es ciertamente una ciencia funesta, y no sólo por las razones de Carlyle, sino porque está más cerca de la brujería que de la ciencia.
Afortunadamente, algunos economistas más humildes están empezando a cruzar las fronteras interdisciplinarias y usando la psicología, la sociología y las ciencias políticas para nutrir sus análisis. Muchos de estos esfuerzos probablemente no tendrán éxito. Y quienes se arriesguen a incursionar en este contrabando intelectual serán seguramente denunciados por los ortodoxos por mezclarse con colegas metodológicamente impuros. Pero visto el funesto estado de la ciencia funesta, la búsqueda de ideas útiles en otras áreas de las ciencias sociales no conlleva muchos riesgos. O como dirían los economistas: en vista del pobre rendimiento de los actuales esfuerzos, el costo de oportunidad de disminuirlos no es alto. Lo que en castellano quiere decir: la cosa está tan mal que hay poco que perder si se buscan ideas en otro lado.



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Por que son tan arrogantes ...

Enviado por Diana el 05/12/2009 a las 18:52
Diana

Por que son tan arrogantes los economistas?


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