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En Deuda con la Educación Técnica

Enviado por angelaht el 29/12/2006 a las 7:52
Por Ruth Bradley

Formación universitaria o técnica, es un dilema que están evaluando muchos jóvenes chilenos a medida que el año escolar se acerca a su fin. Pero, ¿cuentan con las opciones que ellos y su país necesitan?

Un vistazo a los trenes del metro de Santiago en diciembre, cuando quienes egresan de la educación secundaria rinden el examen de ingreso a la universidad, basta para concluir que la educación superior es un gran negocio en Chile; mayor incluso, sugieren los avisos, que la temporada de compras de Navidad o las soñadas vacaciones bajo una palmera.

Esa conclusión no está muy lejos de lo correcto. Hace 10 años, Chile tenía apenas 350.000 estudiantes de educación superior; este año, la cifra llegó a casi 650.000 y sigue creciendo rápidamente.

Pero esta expansión se ha producido casi exclusivamente en un segmento del mercado de educación superior: las universidades. En tanto, la cifra de estudiantes en carreras técnicas ha mostrado poco crecimiento, manteniéndose estable en cerca de 110.000.

En otras palabras, las carreras técnicas, que correspondían a cerca de un tercio de los estudiantes a mediados de los noventa, ahora corresponden a casi uno de cada seis alumnos. Sin dejar de considerar la menor duración de las carreras técnicas, esto significa, que por cada técnico calificado, Chile está generando cuatro graduados universitarios, mientras que en Estados Unidos y Europa, las carreras técnicas tienden a corresponder al menos a la mitad de todos los graduados.

Es la denominada “pirámide invertida” que explica por qué las empresas locales a menudo se quejan de dificultades para conseguir personal técnico calificado. Pero Chile no está solo.

El problema es común en la mayoría de los países latinoamericanos, destaca Andrés Bernasconi, profesor de la Universidad Andrés Bello en Santiago y autor de una serie de estudios sobre la educación técnica en la región. En Colombia, la formación técnica corresponde a sólo uno de cada seis estudiantes, destaca, y en Argentina, a uno de cada cuatro.

Los estándares de la educación técnica también son una preocupación en toda Latinoamérica. “La competitividad de la región hoy en día depende más de la calidad de sus recursos humanos y menos del bajo costo de la mano de obra”, advierte un informe publicado el año pasado por el Banco Interamericano de Desarrollo, que identificó la debilidad de la educación técnica posterior a la secundaria como un obstáculo para el desarrollo económico de la región y su integración en los mercados internacionales.

De modo que ¿por qué Chile -un pionero regional en tantos campos, incluida la integración internacional- está fallando en esta área?

Una explicación obvia es que los Centros de Formación Técnica (CFT) que representan al grueso de los estudiantes técnicos simplemente son demasiado pequeños. Según cifras gubernamentales del 2004, un 52% tenía menos de 250 alumnos y, a menos que se especialicen en apenas una o dos áreas de estudio, ello es demasiado poco para asegurar la infraestructura adecuada.

Las fusiones y cierres redujeron la cifra de CFT de los 161 que había en 1990 a 105. “Pero algunos aún son demasiado pequeños y frágiles”, admite Pilar Álamos, jefa del departamento de CFT del Ministerio de Educación.

Hay excepciones como DuocUC, el instituto de capacitación creado por la Pontificia Universidad Católica, a fines de la década de los sesenta, que ahora cuenta con 18.000 estudiantes en su división de CFT, y el aún más grande INACAP, formado originalmente como un servicio de formación financiado por el Estado. Sin embargo, la mayoría del resto son un grupo muy heterogéneo, y el tamaño está lejos de ser el único problema.

El Pariente Pobre

En un fenómeno que también se ha observado en otros países latinoamericanos, la formación técnica es considerada como un pobre sustituto de la educación universitaria: el destino de los estudiantes secundarios que no lograron los requisitos para llegar a la universidad o cuyas familias no pueden pagarla. “Mentalmente, la gente lo equipara con ser un mecánico con las manos llenas de grasa”, dice Bernasconi.

Ello es tan así que ha socavado los esfuerzos del gobierno para promover la formación técnica. El gobierno, remediando una situación en que los préstamos y becas estatales para los estudiantes estaban confinados a quienes ingresaban a la universidad, comenzó a hacer que también estuvieran disponibles para los estudiantes técnicos.

Pero esto ha incentivado el ingreso a la universidad. En lugar de emplear su financiamiento para cubrir el costo de una carrera técnica, los estudiantes a menudo lo ven como un aumento de sus presupuestos que puede usarse para costear una carrera universitaria más cara, señala Álamos.

Como resultado, muchos CFT tienen que cobrar lo que sus alumnos pueden pagar. Y eso puede ser menos que lo que cuesta dictar una serie de sólidas carreras.

En Santiago, una carrera de contabilidad de dos años puede costar hasta 32.000 pesos (cerca de USD 60) mensuales, en el caso de estudios para mecánicos automotores -que requieren mucha más inversión en equipos e infraestructura- los precios comienzan en apenas 53.000 pesos. Los aranceles de instituciones más grandes, como DuocUC e INACAP, tienden a costar el doble pero, aún incluyendo estas opciones más costosas, el arancel promedio de los CFT en el 2005 fue de sólo 68.000 pesos mensuales, calcula Bernasconi.

“Es muy difícil entregar formación técnica de calidad con esa cantidad, especialmente en áreas distintas a las ciencias sociales”, señala. Y, de hecho, las cuentas de los CFT que han publicado cifras como parte de un proceso de certificación sugieren que no son un buen negocio.

Casi la mitad está operando a pérdida o ganando apenas lo suficiente para cubrir sus costos, informa Bernasconi, y la mortalidad es alta. De no ser por los cursos de capacitación para adultos que muchos ofrecen o por los subsidios que reciben aquéllos administrados por asociaciones empresariales, también habrían tenido que cerrar.

Y ése no es el único sentido en que los CFT son el pariente pobre en el sistema de educación superior de Chile. Debido a que son más baratos y los cursos son más cortos, tienden a atraer alumnos de familias de menores recursos, que a menudo han recibido educación secundaria de baja calidad.

“En general, quienes ingresan tienen un nivel de preparación pobre y todos nuestras carreras incluyen cursos para compensar aquello”, indica Marcelo von Chrismar, rector de DuocUC. Y eso puede aplicarse incluso a los recién ingresados que asistieron a liceos técnicos del país.

El Rol Gubernamental

Gradualmente, el gobierno está tratando de mejorar los estándares de la educación técnica, a través de un programa de certificación. Puede cerrar CFT, y lo hace, afirma Álamos, pero principalmente está usando incentivos para vincular los requisitos de los préstamos y becas estudiantiles a la certificación de una entidad.

No obstante, se necesitan más recursos públicos, así como también un estricto control de los estándares, argumenta Bernasconi. Después de todo, la entrega de educación técnica de alta calidad es costosa y puede, por ejemplo, costar más que un título de abogado.

Cierto, en los últimos años se ha dispuesto más dinero. La cantidad de préstamos y subsidios para estudiantes está creciendo gradualmente y, a través del programa MECESUP para la mejora de la educación superior, los CFT ahora pueden -siempre que cumplan ciertos estándares y tengan más de 100 alumnos- postular a financiamiento para la adquisición de equipamiento, capacitación de profesores o el desarrollo del programa de estudios.

Sin embargo, se requiere más, insiste Bernasconi, apuntando a Brasil como un posible modelo. Allá, el Servicio Nacional de Aprendizaje Industrial (SENAI) y el Servicio Nacional de Aprendizaje Comercial (SENAC) son financiados parcialmente a través de un impuesto a las nóminas de pago de las empresas, aunque los centros son administrados por asociaciones industriales o comerciales de cada estado, mientras que el gobierno federal también opera una red de institutos de formación técnica gratuita.

Los colleges comunitarios de Estados Unidos que como, los CFT de Chile, ofrecen carreras de dos años también son mencionados a menudo como un camino a seguir. Reciben financiamiento local, estatal y federal y, si bien los aranceles han estado subiendo, aún pueden costar USD 1.000 anuales.

Pero, más allá del tema de cuánto dinero debiera salir de los fondos públicos, está claro que las empresas necesitan estar estrechamente involucradas en la educación técnica. El éxito del sistema brasileño se atribuye en gran parte al rol que desempeñan las asociaciones empresariales en el funcionamiento de los centros de capacitación.

DuocUC es un instituto que se esmera en mantener una relación muy estrecha con las empresas. Cada una de sus nueve áreas de estudio tiene un consejo asesor de empresarios y profesionales, quienes entregan su tiempo voluntariamente, señala von Chrismar. “Son nuestros ojos en terreno y nos mantienen al tanto de las nuevas tendencias o de las necesidades del mercado”.

En Manpower -que durante muchos años ha entregado capacitación en secretariado e inglés y que ahora está vías de conformar un CFT- sus servicios de externalización y capacitación en el lugar de trabajo le aseguran mantenerse acorde con la demanda del mercado, sostiene su director, Hugo Lavados. Y cerca del 80% de sus graduados, añade, encuentra trabajo en su área de estudio y a menudo se quedan en las empresas donde hicieron sus prácticas profesionales.

Las compañías también tienen un rol que desempeñar en la educación secundaria y algunos de los mejores liceos técnicos del país son, de hecho, operados por asociaciones empresariales. “Cada liceo debiera tener un consejo asesor que lo mantenga al tanto de lo que ocurre en el mundo real y que lo aconseje sobre la administración”, recomienda Juan Antonio Guzmán, presidente de la Corporación de Capacitación y Empleo de la Sociedad de fomento Fabril (SOFOFA).

Decisiones Difíciles

No obstante, tanto los estudiantes, como sus formadores, también necesitan mejor información sobre el mundo del trabajo. Aparte de las dificultades que representa escoger entre el vasto y dispar rango de CFT, también necesitan una guía sobre las carreras que con mayor probabilidad los conduzcan posteriormente a un empleo, que podrían no ser las mismas que los CFT -en atención a los costos- están más interesados en dictar.

Y luego hay otra elección que afecta a los egresados de colegios de mejor situación que no logran entrar a una buena universidad. Probablemente opten por una universidad de menor estándar o por uno de los Institutos Profesionales del país que ofrecen carreras de cuatro años en áreas similares a las cubiertas por los CFT.

En parte la razón por la que la cantidad de estudiantes en carreras técnicas no ha crecido es que, hoy, hay muchas universidades que no se preocupan demasiado por los exámenes de ingreso y casi cualquiera puede conseguir un cupo, siempre que pueda pagar los aranceles. Pero ello no significa necesariamente que recibirán una buena educación o que conseguirán un buen empleo cuando egresen.

“Una buena carrera técnica de dos años puede ser una inversión mucho mejor para un estudiante que cinco años en una universidad mediocre”, asegura Álamos. “Tenemos que cambiar la idea de que la formación técnica es sólo para jóvenes pobres”, afirma.

Tradicionalmente, ha habido en Chile una amplia brecha entre los graduados universitarios y aquéllos que tienen calificaciones técnicas. Ello no sólo ha ayudado a anquilosar la percepción de que la formación técnica es el pariente pobre de la educación superior, sino que también es un círculo vicioso, con los recién ingresados de escasos recursos y los bajos aranceles contribuyendo a magros estándares y, por lo tanto, a graduados de bajos ingresos.

Sin embargo, ello está comenzando a cambiar. Ya hay signos de que el explosivo crecimiento de la educación universitaria está teniendo un efecto sobre los salarios que sus graduados pueden exigir.

Según información recabada por Futuro Laboral, proyecto que monitorea los salarios de los graduados de diferentes tipos de carrera, un estudiante con cinco años de estudio en una mala universidad bien podría ganar menos que su contraparte que ha estudiado lo mismo por dos años en un CFT razonablemente bueno.

Pero lo que los estudiantes -y el desarrollo económico de Chile- también necesitan es un sistema flexible que no los atrape en una decisión tomada cuando recién habían salido del colegio. En cambio, requieren un sistema integrado de formación en el cual puedan avanzar gradualmente como y cuando tengan la oportunidad o puedan costearlo.

En otras palabras, necesitan un sistema dinámico anclado en la progresiva adquisición de habilidades, más que en una carrera rígida y a veces desactualizada. “La integración vertical que permite a los estudiantes avanzar gradualmente desde una carrera técnica, quizás hasta la universidad, es la forma de emparejar la pirámide invertida de Chile”, señala Guzmán.

Ése es el caso de DuocUC, destaca von Chrismar. Los estudiantes pueden avanzar desde una carrera técnica a carreras profesionales de cuatro años que también ofrece y, debido a la naturaleza modular de las carreras, aún habrán adquirido habilidades reconocibles con un valor de mercado si no pueden terminar la carrera.

Chile Califica, programa gubernamental lanzado en el 2002, también apunta en la misma dirección. Ofrece cursos cortos relacionados con el área de trabajo que permiten a jóvenes y trabajadores adultos adquirir habilidades específicas o certificar las que ya habían adquirido sin una capacitación formal durante su vida laboral.

No obstante, queda mucho por hacer. Es cierto, la formación técnica es un fenómeno relativamente nuevo en el mundo, el que sólo se ha convertido en un tema en la medida en que los países han alcanzado la educación secundaria universal.

Sin embargo, es lo que ha ocurrido en Chile ya por casi una década. Y, si no han de ser un activo perdido, los egresados de la educación secundaria necesitan las oportunidades correctas para su propio desarrollo, el de las empresas del país y el de la economía como un todo.
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