Por Julian Dowling
Aunque no es una solución milagrosa, los biocombustibles podrían ayudar a incrementar la seguridad energética de Chile. La pregunta es cuánto está dispuesto a pagar el país por ese margen adicional de seguridad.
Al hablar de biocombustibles la mayoría de la gente en Latinoamérica piensa en Brasil, país que hoy en día representa cerca del 40% de la producción mundial de etanol. Pero, a medida que los precios del petróleo y las preocupaciones sobre seguridad energética aumentan, otros países en la región también han comenzado a considerar el seguir su ejemplo.
Dado que Chile importa la mayor parte de su energía, incluido el 98% de su petróleo, parece como un candidato obvio para los biocombustibles. Las restricciones a las exportaciones de gas argentino han convertido a la seguridad energética en una prioridad nacional y el gobierno ha ideado un plan para diversificar el suministro energético del país, mediante la incorporación de fuentes nacionales de energía renovable, tales como los biocombustibles.
Los biocombustibles, que se producen a partir de material animal o vegetal, incluyen no sólo al etanol -un tipo de alcohol que se obtiene a partir de plantas ricas en azúcar o almidón, que se utiliza como aditivo en la gasolina- sino también al biodiésel, elaborado a partir de aceites vegetales y grasas animales, y que se emplea en los vehículos como reemplazo para el diesel normal, y al biogas.
La posibilidad de producir combustible a partir de cosechas agrícolas nacionales o incluso de desechos agrícolas suena como un sueño hecho realidad para los consumidores y agricultores chilenos, pero una industria de biocombustibles no se crea de la noche a la mañana. Más aún, no todos los países, con sus distintas características climáticas y agrícolas, tienen la misma capacidad para producir biocombustibles.
Y luego está la pregunta de si se subsidia o no. La experiencia en Estados Unidos, la Unión Europea y Brasil sugiere que el respaldo del Estado es necesario, al menos en un principio. En Estados Unidos, por ejemplo, una exención tributaria federal de USD 0,51 por galón es señalada como la principal razón para el éxito del etanol producido a partir de maíz.
“Producir etanol a partir de maíz o remolacha requiere de enormes subsidios que ningún país en Latinoamérica puede costear”, argumenta Manlio Coviello, director de asuntos económicos de la División de Recursos Naturales e Infraestructura de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL). En Chile, sostuvo, los beneficios ambientales y sociales de los biocombustibles deben evaluarse respecto de los beneficios que implica ahorrar los superávits fiscales para los días “de vacas flacas” o invertir en salud y educación.
Más aún, no está claro que los biocombustibles sean, de hecho, tan ecológicos como dicen sus defensores. Es cierto, sus emisiones de gases invernadero son sustancialmente menores que las de los combustibles fósiles y el etanol puede reemplazar al éter metil terbutílico, un conocido cancerígeno, como un aditivo para la gasolina, pero aún así produce CO2 y otros contaminantes.
El impacto de los biocombustibles en la calidad del aire -una particular preocupación en Santiago- es algo que la Comisión Nacional de Medio Ambiente (CONAMA) del Chile y el Ministerio de Transportes están examinando. Los resultados del estudio serán claves para definir los estándares de calidad para los biocombustibles que se usarán en Chile.
Aunque no es una solución milagrosa, los biocombustibles podrían ayudar a incrementar la seguridad energética de Chile. La pregunta es cuánto está dispuesto a pagar el país por ese margen adicional de seguridad.
Al hablar de biocombustibles la mayoría de la gente en Latinoamérica piensa en Brasil, país que hoy en día representa cerca del 40% de la producción mundial de etanol. Pero, a medida que los precios del petróleo y las preocupaciones sobre seguridad energética aumentan, otros países en la región también han comenzado a considerar el seguir su ejemplo.
Dado que Chile importa la mayor parte de su energía, incluido el 98% de su petróleo, parece como un candidato obvio para los biocombustibles. Las restricciones a las exportaciones de gas argentino han convertido a la seguridad energética en una prioridad nacional y el gobierno ha ideado un plan para diversificar el suministro energético del país, mediante la incorporación de fuentes nacionales de energía renovable, tales como los biocombustibles.
Los biocombustibles, que se producen a partir de material animal o vegetal, incluyen no sólo al etanol -un tipo de alcohol que se obtiene a partir de plantas ricas en azúcar o almidón, que se utiliza como aditivo en la gasolina- sino también al biodiésel, elaborado a partir de aceites vegetales y grasas animales, y que se emplea en los vehículos como reemplazo para el diesel normal, y al biogas.
La posibilidad de producir combustible a partir de cosechas agrícolas nacionales o incluso de desechos agrícolas suena como un sueño hecho realidad para los consumidores y agricultores chilenos, pero una industria de biocombustibles no se crea de la noche a la mañana. Más aún, no todos los países, con sus distintas características climáticas y agrícolas, tienen la misma capacidad para producir biocombustibles.
Y luego está la pregunta de si se subsidia o no. La experiencia en Estados Unidos, la Unión Europea y Brasil sugiere que el respaldo del Estado es necesario, al menos en un principio. En Estados Unidos, por ejemplo, una exención tributaria federal de USD 0,51 por galón es señalada como la principal razón para el éxito del etanol producido a partir de maíz.
“Producir etanol a partir de maíz o remolacha requiere de enormes subsidios que ningún país en Latinoamérica puede costear”, argumenta Manlio Coviello, director de asuntos económicos de la División de Recursos Naturales e Infraestructura de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL). En Chile, sostuvo, los beneficios ambientales y sociales de los biocombustibles deben evaluarse respecto de los beneficios que implica ahorrar los superávits fiscales para los días “de vacas flacas” o invertir en salud y educación.
Más aún, no está claro que los biocombustibles sean, de hecho, tan ecológicos como dicen sus defensores. Es cierto, sus emisiones de gases invernadero son sustancialmente menores que las de los combustibles fósiles y el etanol puede reemplazar al éter metil terbutílico, un conocido cancerígeno, como un aditivo para la gasolina, pero aún así produce CO2 y otros contaminantes.
El impacto de los biocombustibles en la calidad del aire -una particular preocupación en Santiago- es algo que la Comisión Nacional de Medio Ambiente (CONAMA) del Chile y el Ministerio de Transportes están examinando. Los resultados del estudio serán claves para definir los estándares de calidad para los biocombustibles que se usarán en Chile.
Además, aunque los defensores de los biocombustibles destacan sus beneficios en términos de la provisión de una nueva fuente de ingresos para los pequeños agricultores, los ambientalistas están preocupados por el impacto perjudicial en la conservación de la tierra. En Brasil, por ejemplo, la producción de etanol en algunos casos ha significado el desplazamiento, más que el resurgimiento, de las comunidades pobres.
Los Planes de Chile
Comparado con sus vecinos, Chile se ha demorado en subirse al carro de los biocombustibles. Argentina implementó un marco regulador en el 2005, Colombia aprobó una mezcla obligatoria de 10% de etanol con la gasolina y Venezuela, el mayor productor de petróleo de la región, pretende invertir USD 900 millones para construir 15 plantas de etanol.
La presidenta Michelle Bachelet, quien asumió el mando de la nación en marzo, se comprometió a promover el desarrollo de fuentes alternativas de energía renovable y un grupo de trabajo de carácter público-privado analizará los pros y contras de los biocombustibles. Según el cronograma, éste entregará sus recomendaciones hacia fines de diciembre y, basado en su informe, podría promulgarse un marco regulador a mediados del 2007, para que Chile -en teoría- comience a producir biocombustibles en 2008-2009.
En noviembre, antes del informe del grupo de trabajo, el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, anunció una exención tributaria para los vehículos que empleen biocombustibles. En virtud de esta medida, el componente de biocombustible de la gasolina estará exento del impuesto a los combustibles, que en la actualidad corresponde a cerca de un tercio del precio que los consumidores pagan por la gasolina en las estaciones de servicio.
Un equipo del Ministerio de Agricultura y de la Fundación para la Innovación Agraria (FIA) visitó en los últimos meses Brasil y otros países para aprender más sobre los biocombustibles. Además, la petrolera estatal ENAP y el productor local de azúcar Iansa culminaron un estudio conjunto en septiembre, en el que concluyeron que el desarrollo de biocombustibles en Chile es factible, dependiendo de las políticas públicas y la existencia de un marco legal adecuado.
Pero, pese a todo el optimismo, los biocombustibles probablemente representarán sólo una pequeña fracción del suministro energético de Chile, con la producción limitada tanto por las condiciones climáticas y la disponibilidad de tierra cultivable, como por los recursos económicos que el gobierno comprometa para su desarrollo.
“Los biocombustibles líquidos pueden desempeñar un rol en la matriz energética de Chile, pero no serán un pilar importante”, señala José Antonio Ruiz, jefe del área de hidrocarburos de la Comisión Nacional de Energía (CNE). “Existe la voluntad política para definir un marco regulador que sea el más apropiado para el país”, afirma, “pero no somos Brasil”.
Chile, de hecho, no tiene el clima tropical de Brasil para cultivar caña de azúcar para producir etanol, pero podrían usarse cultivos como el maíz, la remolacha, el trigo y la canola. Chile tiene más de 1,2 millones de hectáreas de tierra cultivable, principalmente en el sur, y la misma cantidad podría ponerse en producción si se regara.
“Hay tierra disponible, pero necesita riego, lo que limita la posible área”, dice Ruiz, admitiendo que los cultivos para biocombustibles podrían terminar compitiendo con los cultivos para alimentos y ganado. Aunque la tecnología todavía requiere estar comercialmente disponible, Chile tiene más potencial para producir etanol lignocelulósico a partir de paja o chips de madera, sugiere, porque las materias primas abundan y no compiten con la producción de alimentos.
Por ejemplo, en el caso del maíz, Chile tiene unas 150.000 hectáreas en cultivo, lo que satisface sólo cerca de un 30% de su consumo para alimento y forraje para ganado, mientras que el remanente se importa desde Argentina, Estados Unidos y otros países. Y se necesitarían cerca de 67.000 hectáreas para producir suficiente etanol -344 millones de litros por año- para una mezcla del 10% con gasolina, estima Patricio Cavieres, director de la Comisión de Agroenergía del Colegio de Ingenieros Agrónomos de Chile
Pioneros
En asociación con la rama de Chillán de la Universidad de Concepción, BioFuel Canada, fabricante de plantas de biodiesel con sede en Alberta, planea comenzar pronto a construir instalaciones en Chile, que inicialmente producirían seis millones de litros de biodiesel al año, a partir de canola o petróleo de coquización residual. “No pretendemos resolver el problema energético de Chile, pero el biodiesel puede ser una de las respuestas”, señala Julio Araya, vicepresidente de la empresa para Latinoamérica.
La iniciativa ayudará a los productores de canola, afirma; “por primera vez, sabrán exactamente cuánto recibirán por su cosecha cada año además de no tener que depender de combustibles fósiles importados para su propio uso”. Y, debido a que las plantas de biodiesel pueden construirse en apenas cuatro o cinco meses, son ideales para aliviar la crisis energética de Chile en el corto plazo, añade.
Una serie de empresas locales de agronegocios ya emplean biogas producido a partir de desechos, para satisfacer sus propias necesidades energéticas, pero una empresa alemana, Conergy, ahora está analizando la posibilidad de emplearlo a fin de generar electricidad para la venta. Conergy pretende invertir USD 40 millones de aquí al 2008 para captar metano a partir de la descomposición de 2.000 hectáreas de tunas, cerca de Coquimbo en el norte de Chile, con una capacidad de generación de unos 15 MW.
Aunque las plantas de etanol son más costosas que las de biodiesel y su construcción requiere más tiempo, cerca de 18 meses, una serie de asociaciones privadas de agricultores de granos en Chile están estudiando posibles proyectos antes de la introducción del marco regulador que es esencial si pretenden obtener financiamiento.
Una de estas iniciativas es Etanol del Pacífico Sur, formado a mediados del 2006 por 150 agricultores de mediana envergadura, con un total de 6.000 hectáreas sembradas con maíz en la VI Región, al sur de Santiago. Aspiran a construir una planta de USD 25 millones, que produciría entre 40 y 50 millones de litros anuales de etanol.
La planta podría financiarse en dos o tres años, dice Luis Riquelme, secretario ejecutivo de la entidad. Más aún, los productores podrían ganar efectivo extra con la venta de subproductos, obtenidos a partir del proceso de fermentación incluyendo pienso para ganado, fructosa y CO2 para los fabricantes de gaseosas, comenta.
Pero cooperativas similares en Brasil y Estados Unidos han recibido importantes subsidios estatales y ello también es un tema para Etanol del Pacífico Sur. “Hasta que se apruebe el marco regulador, es difícil para cualquiera construir una planta de etanol en Chile, porque es riesgoso, no sabemos si habrá incentivos”, admite Riquelme.
Difícil Financiamiento
Los proyectos de energía limpia pueden, por supuesto, recaudar financiamiento mediante la colocación de bonos de carbono en virtud del Protocolo de Kyoto sobre cambio climático y una serie de empresas chilenas ya lo han hecho así. Sin embargo, según Coviello de la CEPAL, las cantidades serían pequeñas para los proyectos de biocombustibles, las que probablemente representarían no más de un 1% del flujo de caja del proyecto.
Al precio actual del maíz de USD 0,19/kg, un litro de etanol podría producirse en Chile por cerca de USD 0,47, con un precio en las estaciones de servicio, incluyendo los impuestos que se aplican a las ventas y los combustibles, de USD 0,92, lo que se compara con el actual precio cercano a USD 1,10 por litro de gasolina de 93 octanos. Con la exención del impuesto a los combustibles, esta cifra bajaría a USD 0,56 por litro, con lo que el etanol sería mucho más competitivo que la gasolina, pese a que es un 25% menos eficiente en términos de producción energética.
Los estudios sugieren que, sin los subsidios, el etanol a base de maíz puede competir con el petróleo cuando este último está sobre los USD 60 por barril, mientras que el biodiesel es competitivo con los precios del crudo sobre USD 70-80 por barril. “Los gobiernos debieran ser cuidadosos en cuanto a emplear recursos públicos para subsidios cuando no estamos claro hacia dónde se dirige el precio del petróleo”, advierte Coviello.
De hecho, mientras algunos analistas proyectan que el precio del crudo -que actualmente bordea los USD 60 por barril- continuará subiendo a medida que las reservas declinen y la demanda aumente, otros sugieren que podría caer fácilmente bajo los USD 40 si se descubren nuevas reservas. Y eso hace que los proyectos de biocombustibles sean muy riesgosos, a menos que tengan cierta protección frente a los vaivenes de los precios del petróleo -y del precio de las cosechas- a través de subsidios o exenciones tributarias.
A la larga, a medida que los combustibles fósiles se vuelvan escasos, las empresas probablemente desarrollarán biocombustibles con o sin subsidios, predice Wilson Cardona, profesor de la Facultad de Ecología y Recursos Naturales de la Universidad Andrés Bello, en Santiago. Pero inicialmente los subsidios serán necesarios para atraer inversionistas, afirma.
Además de la recientemente anunciada exención de los biocombustibles del impuesto específico, pequeñas subvenciones del gobierno están disponibles a través de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) para proyectos de energía renovable. Sin embargo, la pregunta es si este limitado respaldo será suficiente para iniciar el desarrollo de los biocombustibles, o si se requerirá un quiebre a la tradición de Chile de no subsidiar industrias privadas y de permitir que el mercado escoja a los ganadores.
Y eso, a su vez, dependerá de que se evalúe exactamente qué aporte pueden hacer los biocombustibles a la seguridad energética de Chile. Y de cuánto esté preparado el país para pagar por
Comparado con sus vecinos, Chile se ha demorado en subirse al carro de los biocombustibles. Argentina implementó un marco regulador en el 2005, Colombia aprobó una mezcla obligatoria de 10% de etanol con la gasolina y Venezuela, el mayor productor de petróleo de la región, pretende invertir USD 900 millones para construir 15 plantas de etanol.
La presidenta Michelle Bachelet, quien asumió el mando de la nación en marzo, se comprometió a promover el desarrollo de fuentes alternativas de energía renovable y un grupo de trabajo de carácter público-privado analizará los pros y contras de los biocombustibles. Según el cronograma, éste entregará sus recomendaciones hacia fines de diciembre y, basado en su informe, podría promulgarse un marco regulador a mediados del 2007, para que Chile -en teoría- comience a producir biocombustibles en 2008-2009.
En noviembre, antes del informe del grupo de trabajo, el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, anunció una exención tributaria para los vehículos que empleen biocombustibles. En virtud de esta medida, el componente de biocombustible de la gasolina estará exento del impuesto a los combustibles, que en la actualidad corresponde a cerca de un tercio del precio que los consumidores pagan por la gasolina en las estaciones de servicio.
Un equipo del Ministerio de Agricultura y de la Fundación para la Innovación Agraria (FIA) visitó en los últimos meses Brasil y otros países para aprender más sobre los biocombustibles. Además, la petrolera estatal ENAP y el productor local de azúcar Iansa culminaron un estudio conjunto en septiembre, en el que concluyeron que el desarrollo de biocombustibles en Chile es factible, dependiendo de las políticas públicas y la existencia de un marco legal adecuado.
Pero, pese a todo el optimismo, los biocombustibles probablemente representarán sólo una pequeña fracción del suministro energético de Chile, con la producción limitada tanto por las condiciones climáticas y la disponibilidad de tierra cultivable, como por los recursos económicos que el gobierno comprometa para su desarrollo.
“Los biocombustibles líquidos pueden desempeñar un rol en la matriz energética de Chile, pero no serán un pilar importante”, señala José Antonio Ruiz, jefe del área de hidrocarburos de la Comisión Nacional de Energía (CNE). “Existe la voluntad política para definir un marco regulador que sea el más apropiado para el país”, afirma, “pero no somos Brasil”.
Chile, de hecho, no tiene el clima tropical de Brasil para cultivar caña de azúcar para producir etanol, pero podrían usarse cultivos como el maíz, la remolacha, el trigo y la canola. Chile tiene más de 1,2 millones de hectáreas de tierra cultivable, principalmente en el sur, y la misma cantidad podría ponerse en producción si se regara.
“Hay tierra disponible, pero necesita riego, lo que limita la posible área”, dice Ruiz, admitiendo que los cultivos para biocombustibles podrían terminar compitiendo con los cultivos para alimentos y ganado. Aunque la tecnología todavía requiere estar comercialmente disponible, Chile tiene más potencial para producir etanol lignocelulósico a partir de paja o chips de madera, sugiere, porque las materias primas abundan y no compiten con la producción de alimentos.
Por ejemplo, en el caso del maíz, Chile tiene unas 150.000 hectáreas en cultivo, lo que satisface sólo cerca de un 30% de su consumo para alimento y forraje para ganado, mientras que el remanente se importa desde Argentina, Estados Unidos y otros países. Y se necesitarían cerca de 67.000 hectáreas para producir suficiente etanol -344 millones de litros por año- para una mezcla del 10% con gasolina, estima Patricio Cavieres, director de la Comisión de Agroenergía del Colegio de Ingenieros Agrónomos de Chile
Pioneros
En asociación con la rama de Chillán de la Universidad de Concepción, BioFuel Canada, fabricante de plantas de biodiesel con sede en Alberta, planea comenzar pronto a construir instalaciones en Chile, que inicialmente producirían seis millones de litros de biodiesel al año, a partir de canola o petróleo de coquización residual. “No pretendemos resolver el problema energético de Chile, pero el biodiesel puede ser una de las respuestas”, señala Julio Araya, vicepresidente de la empresa para Latinoamérica.
La iniciativa ayudará a los productores de canola, afirma; “por primera vez, sabrán exactamente cuánto recibirán por su cosecha cada año además de no tener que depender de combustibles fósiles importados para su propio uso”. Y, debido a que las plantas de biodiesel pueden construirse en apenas cuatro o cinco meses, son ideales para aliviar la crisis energética de Chile en el corto plazo, añade.
Una serie de empresas locales de agronegocios ya emplean biogas producido a partir de desechos, para satisfacer sus propias necesidades energéticas, pero una empresa alemana, Conergy, ahora está analizando la posibilidad de emplearlo a fin de generar electricidad para la venta. Conergy pretende invertir USD 40 millones de aquí al 2008 para captar metano a partir de la descomposición de 2.000 hectáreas de tunas, cerca de Coquimbo en el norte de Chile, con una capacidad de generación de unos 15 MW.
Aunque las plantas de etanol son más costosas que las de biodiesel y su construcción requiere más tiempo, cerca de 18 meses, una serie de asociaciones privadas de agricultores de granos en Chile están estudiando posibles proyectos antes de la introducción del marco regulador que es esencial si pretenden obtener financiamiento.
Una de estas iniciativas es Etanol del Pacífico Sur, formado a mediados del 2006 por 150 agricultores de mediana envergadura, con un total de 6.000 hectáreas sembradas con maíz en la VI Región, al sur de Santiago. Aspiran a construir una planta de USD 25 millones, que produciría entre 40 y 50 millones de litros anuales de etanol.
La planta podría financiarse en dos o tres años, dice Luis Riquelme, secretario ejecutivo de la entidad. Más aún, los productores podrían ganar efectivo extra con la venta de subproductos, obtenidos a partir del proceso de fermentación incluyendo pienso para ganado, fructosa y CO2 para los fabricantes de gaseosas, comenta.
Pero cooperativas similares en Brasil y Estados Unidos han recibido importantes subsidios estatales y ello también es un tema para Etanol del Pacífico Sur. “Hasta que se apruebe el marco regulador, es difícil para cualquiera construir una planta de etanol en Chile, porque es riesgoso, no sabemos si habrá incentivos”, admite Riquelme.
Difícil Financiamiento
Los proyectos de energía limpia pueden, por supuesto, recaudar financiamiento mediante la colocación de bonos de carbono en virtud del Protocolo de Kyoto sobre cambio climático y una serie de empresas chilenas ya lo han hecho así. Sin embargo, según Coviello de la CEPAL, las cantidades serían pequeñas para los proyectos de biocombustibles, las que probablemente representarían no más de un 1% del flujo de caja del proyecto.
Al precio actual del maíz de USD 0,19/kg, un litro de etanol podría producirse en Chile por cerca de USD 0,47, con un precio en las estaciones de servicio, incluyendo los impuestos que se aplican a las ventas y los combustibles, de USD 0,92, lo que se compara con el actual precio cercano a USD 1,10 por litro de gasolina de 93 octanos. Con la exención del impuesto a los combustibles, esta cifra bajaría a USD 0,56 por litro, con lo que el etanol sería mucho más competitivo que la gasolina, pese a que es un 25% menos eficiente en términos de producción energética.
Los estudios sugieren que, sin los subsidios, el etanol a base de maíz puede competir con el petróleo cuando este último está sobre los USD 60 por barril, mientras que el biodiesel es competitivo con los precios del crudo sobre USD 70-80 por barril. “Los gobiernos debieran ser cuidadosos en cuanto a emplear recursos públicos para subsidios cuando no estamos claro hacia dónde se dirige el precio del petróleo”, advierte Coviello.
De hecho, mientras algunos analistas proyectan que el precio del crudo -que actualmente bordea los USD 60 por barril- continuará subiendo a medida que las reservas declinen y la demanda aumente, otros sugieren que podría caer fácilmente bajo los USD 40 si se descubren nuevas reservas. Y eso hace que los proyectos de biocombustibles sean muy riesgosos, a menos que tengan cierta protección frente a los vaivenes de los precios del petróleo -y del precio de las cosechas- a través de subsidios o exenciones tributarias.
A la larga, a medida que los combustibles fósiles se vuelvan escasos, las empresas probablemente desarrollarán biocombustibles con o sin subsidios, predice Wilson Cardona, profesor de la Facultad de Ecología y Recursos Naturales de la Universidad Andrés Bello, en Santiago. Pero inicialmente los subsidios serán necesarios para atraer inversionistas, afirma.
Además de la recientemente anunciada exención de los biocombustibles del impuesto específico, pequeñas subvenciones del gobierno están disponibles a través de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) para proyectos de energía renovable. Sin embargo, la pregunta es si este limitado respaldo será suficiente para iniciar el desarrollo de los biocombustibles, o si se requerirá un quiebre a la tradición de Chile de no subsidiar industrias privadas y de permitir que el mercado escoja a los ganadores.
Y eso, a su vez, dependerá de que se evalúe exactamente qué aporte pueden hacer los biocombustibles a la seguridad energética de Chile. Y de cuánto esté preparado el país para pagar por















