Por Arturo Barrera M.
La economía de los tiempos que corren da mayor centralidad al conocimiento. Las empresas en forma creciente asumen estructuras organizativas flexibles y continuamente incorporan las tecnologías de la información en sus procesos de producción y de gestión. Los productos integran cada vez más un fuerte componente simbólico y la innovación se constituye como el principal camino para el aumento de la productividad y del crecimiento económico. Esta economía, conocida como economía del conocimiento, se sustenta en dos grandes revoluciones tecnológicas, la digital y la biotecnológica, y en ella tienen cada vez mayor relevancia los activos intelectuales como los derechos de propiedad industrial y los intangibles como la cooperación y la confianza.
Los códigos de la agricultura chilena del siglo XXI deben ser los de la economía del conocimiento. Es eso lo que están haciendo las más competitivas del mundo como Nueva Zelandia, Australia, Finlandia, Irlanda, Canadá y Estados Unidos.
La economía del conocimiento representa significativas e inéditas oportunidades para la nueva agricultura chilena. Desde la biotecnología, a partir de un conjunto amplio de posibles aplicaciones, tales como el mejoramiento genético de plantas y animales; el diagnóstico de plagas y enfermedades; la sanidad animal; el mejoramiento de la calidad de los productos; hasta la utilización de las plantas como factorías y como descontaminantes del suelo.
Desde las tecnologías de la información y la comunicación, la posibilidad de mejorar la gestión de las empresas sectoriales; la automatización de labores y procesos de la agricultura de alta productividad como la agricultura y silvicultura de precisión; la adecuada administración de los mecanismos de trazabilidad y de certificación; el mejoramiento de los sistemas de alerta temprana de utilidad silvoagropecuaria; y la facilitación de las transacciones comerciales.
En cuanto al desarrollo de activos intelectuales, la economía del conocimiento permite implementar la estrategia de la calidad agroalimentaria y la diferenciación de productos. Ella da mayor relevancia a las marcas de calidad, a las patentes, a las denominaciones de origen y a los derechos del obtentor.
Los códigos y lógicas de esta economía debieran profundizarse en los años que vienen. En ello contribuirán iniciativas como el Programa Génoma en Recursos Naturales Renovables iniciado en 2002; la constitución de Consorcios Tecnológicos ; la investigación y el fomento de la agricultura de precisión; el recientemente inaugurado Programa de Mejoramiento de la Conectividad de la Agricultura Campesina; la nueva Ley de Propiedad Industrial que reconoce y protege las denominaciones de origen de productos agroalimentarios; y el fortalecimiento del Programa del INIA tendiente a la creación de variedades de frutales. También se inscriben en esta perspectiva la preparación de importantes proyectos legislativos como la Ley de Desarrollo de la Biotecnología y la Ley de Acceso a Recursos Genéticos Nativos que permitirán, por una parte, perfeccionar nuestro marco regulatorio tendiente a favorecer el desarrollo biotecnológico en el país y, por otra, ejercer patrimonio sobre nuestra biodiversidad y retribuir los conocimientos de usos tradicionales asociados a ella.
Es esta la base a partir de la cual nuestra agricultura debe asumir sus procesos futuros de crecimiento para enfrentar uno de sus principales desafíos de cara al Bicentenario: ser parte estructurante de la economía del conocimiento que el país debe desarrollar en torno a los recursos naturales.
Arturo Barrera M. Subsecretario de Agricultura.















