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Mano de obra barata, dolar caro y protección del Estado: ¿Hasta cuando con esa cantinela?

Enviado por fbalcells el 22/06/2007 a las 16:50

Para un escéptico de la ciencia económica como este lector, la mayor escasez en nuestra economía es la de economistas con capacidad de pensamiento propio, con entendimiento básico del funcionamiento de la sociedad y orientados a la solución de problemas concretos. Jorge Quiroz parece ser uno de esos pocos economistas que podrían salvar el devaluado prestigio de su profesión. Es en atención a esta promesa, que la entrevista que publicamos y que comento aquí, resulta decepcionante.

Puede ser que las opiniones vertidas, se expliquen por esa claudicación de la inteligencia ante la vanidad que sucede cuando los sujetos se exponen a las luces de la fama pública. Ocurre en algunos casos, que en el halago de la entrevista, el protagonista se deje llevar y responda a preguntas malas en su mismo registro de mediocridad. Puede ser, pero es poco probable que opiniones tan importantes se deban sólo a la anécdota del ego del entrevistado. Hay algo en el ADN de los economistas –sin importar cuan evolucionados parezcan -; hay un reflejo identitario que los lleva invariablemente de vuelta a su receta esencial: no hay éxito en las empresas y en la economía sin mano de obra barata y, cuanta más flexibilidad tengamos para seguir abaratándola, mejor. Pafraseando a Parra, podríamos decir que este profesional imaginario de lo que carece es de imaginación.

En algún momento, este lector se ilusionó con la posibilidad de que Chile asumiera con decisión los desafíos de la modernidad y de la globalización que son, exclusivamente, desafíos de justicia. Justicia en su doble significado, por un lado de ajuste, adecuación y eficiencia en la relación entre hechos y palabras. Y justicia además, como acceso equitativo a la distribución de los bienes sociales. Pero cada vez, aparece algún especialista, técnico o economista majadero para devolvernos a su realidad, "sin trabajo barato no hay progreso". Y salvo los afectados a nadie en Chile le extrañan estos planteamientos ni la confusión política derivada.

Para ser justos o eficientes en la competitividad de nuestra economía es imprescindible dejar atrás la costumbre de exportar recursos naturales sin procesar, apoyados en mano de obra barata, dólar caro y protecciones del Estado. Esto hay que decirlo con fuerza: o nos olvidamos de los discursos que buscan justificar los abusos y mantener comodamente los privilegios adquiridos, o nos olvidamos del desarrollo. Para superar estas prácticas, que son la verdad ancestral del modelo chileno, se necesita en primer lugar, competir en mercados exigentes y convertir nuestros mercados internos en factores de exigencia competitiva.

En esta ecuación, es clave hacer realidad la promesa de transformar al consumidor en ciudadano y al ciudadano en crítico implacable. Cuando las empresas chilenas, el Estado y los economistas, entiendan que un consumidor exigente, organizado y movilizado es la mejor plataforma para el desarrollo competitivo, entonces, estaremos en el standard de exigencias de los mercados más competitivos y habremos pasado desde la retaguardia escolar y medrosa de la economía a la vanguardia del desarrollo.

Cada vez que creemos que hemos superado la etapa del expendio de materias primas y que hemos evolucionado a una sociedad con capacidades modernas nos sucede algún Transantiago – o peor, como a los argentinos, cuyos costos de soberbia e inconsistencia incluyen el desastre de las Malvinas-.

No sólo metemos las patas en grande sino que hablamos mal; de menos y de más. Hablamos de innovación para la competitividad cuando queremos parecer sofisticados y postulamos a Chile como Potencia Alimentaria. Pero en confianza, - en la intimidad de la “comunidad de negocios” sabemos que la RSE, la protección del ambiente y la innovación son modas románticas que hay que tolerar y con las que apenas hay que condescender-. Cuando hay que hacer política en serio, apelamos al Estado, para que nos consiga mano de obra barata, para que nos apuntale el dólar y nos cubra con alguna salvaguardia.

Porque como dice el entrevistado, “en Chile no somos los suficientemente liberales” como para reirnos abiertamente de las acusaciones de abuso o para pedir la importación de mano de obra temporal y flexible, no sujeta mas derechos y restricciones que el pago de un salario convenido. Liberal aquí, significa más o menos claramente, “conseguir del Estado una nueva regulación que nos otorgue las libertades necesarias para una explotación eficiente del recurso laboral –y para no herir susceptibilidades nacionales, nos referimos a trabajadores extranjeros- . “No somos lo suficientemente liberales” como para creer en la destrucción creativa que proclaman los economistas y dejar que quiebren los ineficientes. En estas materias somos pragmáticos; que el Estado intervenga para salvar a las Pymes.

¿Desde cuando este interés de los economistas y de las grandes empresas por las Pymes? Habrán aprendido la lección de los clusters, las ventajas de los encadenamientos productivos, la necesidad de subir la productividad media del país. ¿Habrán escuchado los cantos de sirena de la inclusión social?

Me parece más probable pensar que en cada punto adicional de arancel a la harina junto con la protección a los ineficientes, los grandes multiplican muchas veces su rentabilidad. Como dicen los antropólogos, se van a la coche de guagua. Si los pequeños productores quieren surgir sin mantenerse como carga del paternalismo de Estado, sólo tienen un camino –con muchas variantes-; asociatividad, encadenamientos productivos, economía de contratos, apertura y cooperación para la competitividad, capacitación para la innovación, para la modernización y el incremento de la productividad.

El Estado necesario, aquí como en otras áreas, no es el Estado conservador y proteccionista, ni es el organizador de la caridad social. El Estado que necesitamos quiere pasar del gasto social a la inversión social –como en el programa puente-; quiere pasar del asistencialismo a la asociación para la competitividad. Y ojalá, los economistas entiendan que la medida de sus obras no son las ecuaciones tautológicas ni los aplausos de los privilegiados sino el bienestar de los ciudadanos de a pié.

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