Acostumbrarse a sabores muy marcados puede hacer que se necesite añadir más sal y más azúcar a las recetas caseras para que no resulten insípidas, un hábito poco saludable.
Gran parte de los alimentos procesados de consumo diario llevan añadidos aditivos que potencian su sabor. Los fabricantes recurren a ellos con el fin de dotar a su producto de un gusto particular, más marcado, para diferenciarlo de otros similares de distintas marcas. La novedad de muchos saborizantes es que, por su composición química, permiten el uso de hasta un 50% menos de sal, grasa y/o azúcares, sin que se aprecien diferencias en el gusto de los platos. El contrapunto para el consumidor es que se altera su umbral de percepción de los sabores salado y dulce. Entonces, es fácil que necesite añadir más sal o más azúcar a platos y recetas caseras para conseguir el gusto esperado, con las consabidas consecuencias negativas de tomar en exceso ambos ingredientes.













Las madres que comen una dieta rica en grasas antes y durante el embarazo podrían estar poniendo en riesgo a su bebé, según una investigación de la Universidad de Oxford.
Los consumidores concientes de su salud han sabido desde hace mucho tiempo que el aceite de oliva virgen es una buena opción cuando se trata de preparar comidas y picoteos. Ahora un grupo de investigadores ha encontrado que los componentes fenólicos del aceite de oliva realmente modifican los genes relacionados con la respuesta inflamatoria.
Uno de sus componentes, el resveratrol, ayudaría a prevenir parecimientos como la retinopatía diabética o la degeneración macular, según estudio.
Estudio danés concluyó que la cantidad de espermatozoides de los que tomaban estas bebidas, era un 30 por ciento menor en comparación con los que no ingerían estos líquidos.
Una
investigación pionera de la Universidad de La Frontera pretende
evidenciar de manera científica si efectivamente estamos contentos con
nuestra vida según el tipo de alimento que ingerimos. Un proyecto
financiado por FONDECYT que podría confirmar el dicho ¿somos lo que
comemos?.
En el 2005 el norteaméricano promedio consumió 64Kg de azúcar como edulcorante, y una gran porción de esta vino de bebidas. Ahora en un estudio que duró 10 semanas, Peter Havel y sus colegas, de la Univeridad de California, han entregado evidencia que el consumo humano de bebidas endulzadas con fructosa en vez de glucosa pueden afectar adversamente tanto la sensibilidad a la insulina y cómo el organismo maneja las grasas, creando las condiciones médicas que incrementan la suceptibilidad a ataques y paros cardiacos.