Acostumbrarse a sabores muy marcados puede hacer que se necesite añadir más sal y más azúcar a las recetas caseras para que no resulten insípidas, un hábito poco saludable.
Gran parte de los alimentos procesados de consumo diario llevan añadidos aditivos que potencian su sabor. Los fabricantes recurren a ellos con el fin de dotar a su producto de un gusto particular, más marcado, para diferenciarlo de otros similares de distintas marcas. La novedad de muchos saborizantes es que, por su composición química, permiten el uso de hasta un 50% menos de sal, grasa y/o azúcares, sin que se aprecien diferencias en el gusto de los platos. El contrapunto para el consumidor es que se altera su umbral de percepción de los sabores salado y dulce. Entonces, es fácil que necesite añadir más sal o más azúcar a platos y recetas caseras para conseguir el gusto esperado, con las consabidas consecuencias negativas de tomar en exceso ambos ingredientes.












